sábado 22 de diciembre de 2007

Cacciari con suerte

Esta redacción telefoneó a Rosa Montero para conocer las dimensiones de su cabreo por las injurias que Hernán Casciari vertió contra ella el pasado 12 de diciembre. Aunque difícilmente salimos de nuestro asombro toda vez que desátanse guerras civiles en Prisa, es decir, toda vez que perro come perro, en esta ocasión nuestras pesquisas dieron un fruto excelente. Hemos averiguado que la última maniobra imitativa del gaucho, bastante menos pulida que cuando se fingió enfermo mental, no obedecía ni a su ingenio inexistente ni a su sentido mercadotécnico siempre alerta1, sino a un triste afán de venganza. En efecto, la gente de Montero había descubierto algo vergonzoso en el pasado del argentino, y éste, con mentiras, intentó desquitarse. Tenemos este documento impresionante. Este blog les ofrece hoy en exclusiva la verdad sobre el estigma de los Casciari.


Así nacieron los asesinos de la Ortografía

Se sabe que el casciari anteccesor, abuelísimo de los Casciari, emigró a Argentina a principios del siglo XX como tantos otros italianos de su generación. No era el último superviviente de una familia siciliana caída en desgracia ni huía de una matanza mafiosa. Nuestro bambino se echó a la mar no por otra razón que la búsqueda de mejores oportunidades. Lo que no sabe mucha gente es que su verdadero apellido no era Casciari, sino Cacciari. Las vicisitudes de esta reencarnación cuasi mágica marcaron el destino de la familia durante generaciones, pero hoy, entre los supervivientes del clan pocos son los que recuerdan el ridículo golpe de fortuna que salvó de la ruina a los Cacciari.

No es difícil imaginar el terror del joven emigrante aquella fría mañana embutido en su zamarra gris de fila india en fila india. Las vetustas instalaciones de la aduana portuaria debían de evocarle la imagen de muerte de las fábricas del XIX. De esta cola esperaba el veredicto del funcionario argentino. De aquella de más allá, donde iban a parar otros como él... bueno, de aquella no esperaba nada bueno. En verdad lo ponía en el cartel. Si bien nuestro ragazzo no leía con fluidez, de alguna forma había adquirido una comprensión casi perfecta de lo que aquella fila le deparaba: la desinfección, desintoxicación, desratización, desinsectación y descomposición de otros italianos como él. Su turno. En una hoja de papel debía escribir su nombre. Dura prueba. C-a-c-c-i-a-r-i. Ya estaba hecho pero, oh, algo salió mal, un desliz en la primera ce. Los funcionarios discutían. Le escudriñaban sin reparo. Debatían sobre la i. «Casciari», les oyó repetir el joven varias, y «¡Alem! ¡Alem!», ladraban entre risas también. Después, el sello, el certificado y la calle bajo sus pies, las calles de la Argentina, el nuevo mundo. Contra toda esperanza se había librado de la fila ominosa aquel Cacciari, ¡él, más italiano que la pizza!

Los primeros años fueron verdaderamente fáciles en comparación con la suerte terrible de sus paisanos pasados por la segunda fila, y ello a pesar de que el patriarca Cacciari siempre recordaría aquella época como un tiempo miserable que no podía rememorar sin que una mueca odiosa le torciera la boca. A pesar de la i en su apellido, nadie le dio jamás por italoargentino, de suerte que a los veinte años encontró oficio en un gacetilla local como cronista de huelgas de trabajadores, en realidad como espía a sueldo de la patronal en la cocina de los sindicatos. Una tarde en hora de su almuerzo, asomado por la puerta trasera de la oficina que daba a un callejón donde solían jugar los niños, se le acercó un chiquillo enzamarrado pidiéndole una costra de su bocadillo. Era italoargentino. «¡No: que te la comes!», repuso Cacciari, poniendo cuidado de subrayar los dos puntos de su invectiva. Cuando ya se iba desilusionado el muchacho, Cacciari se terminó la comida y se enjugó las lágrimas. Era muy dichoso. Dichoso porque tenía un trabajo y una vida prometedora, dichoso porque ese día en el callejón sintió que podía comerse la ortografía, la Argentina y el mundo entero.


Detalle del rídiculo capricho ortográfico que indujo a error al funcionario
aduanero argentino y que salvó a los Cacciari del ostracismo de los parias.

Traditori

Y formó una familia. Una de las primeras sutilezas que el patriarca Cacciari aprendió en la buena vida que estrenaba fue el práctico ardid del autoengaño. Pronto Cacciari se convenció de que aquel feliz error en la aduana fue una ocurrencia suya por la que salvó deliberadamente su pellejo y el de sus hijos. Tanto se creyó la mentira Cacciari que hasta a los suyos contaminó con la falsa lección de historia, y tanto efecto surtió el triste embeleco que la nueva falsa conciencia de triunfador que en él se había forjado comenzó a trastornar seriamente su personalidad. Fue probablemente debido a esta demencia que en esos años Cacciari se afilió al Comité de Actividades Antiargentinas.

Su primera fea jugada bajo las órdenes de una importante manufacturera bonaerense condujo a muchos de sus antiguos colegas sindicales a la cárcel por un escándalo de corrupción que décadas después se revelaría como un vil montaje. Por aquel entonces, además de peón del empresariado Cacciari ejerció de incediario columnista de la reacción, postulando en sus artículos el bloqueo del flujo inmigratorio. En una de sus columnas más sonadas de la época, titulada «Los italoargentinos quieren hacernos poder ser peores», con mala gramática defendía «la cerradura de fronteras frente a los italianos para salvar la calidad de los leucocitos argentinos», y abogaba por la prohibición de entrada de todo apellido terminado en -i. En su apogeo, Cacciari llegó a golfista sobresaliente, huésped habitual en casa de políticos de primera fila y alborotador ebrio y vitalicio de las reuniones más distinguidas del país. Mas como sucedió a otros grandes patriarcas en la Historia, toda su gloria se la arrebataron los genes, pues su hijo, que él mismo había colocado en el periódico, destapó el montaje criminal del sindicato y llevó a su padre a la cárcel con un reportaje de investigación que le valió una paga extra.

Años después Hernán Casciari inauguró la tercera generación de traidores humillando a sus padres con un articulito en el periódico local en el que protestaba por el nombre que había recibido2: «Yo habría querido llamarme de otra forma, con un nombre que las personas no pudieran olvidar ni a palos, un nombre que sonara (sic) importante en las marquesinas y por (sic) el que nadie tuviera que preguntar ¿y eso cómo se escribe, con ese o con cé (sic)?». Cuentan los trabajadores de la gaceta que ese día el padre de Casciari irrumpió en la redacción vara en mano, profundamente bebido e indignado, resuelto a enderezar al hijo pero, viendo que era imposible, la mandíbula se le desencajó en un aullido de dolor ahogado. Era demasiado tarde: la degradación de la gramática y la moral de los Casciari había alcanzado su máxima expresión en este Hernán astuto e indolente, que huyó de la vara y huyó de la crisis en cuanto tuvo oportunidad de abandonar la Plata para viajar a Europa. Así llegó finalmente a España el nietísimo, enemigo de las letras, mercader de Internet y verdugo de la Montero.



Diálogos de retrete

No tengo a Rosa Montero por escritora de interés, personaje de relevancia o grata interlocutora. De hecho, entre tanto indagaba en el pasado de los Cacciari y sus oscuros meandros, conversando con la nueva enemiga del gaucho en una acogedora cafetería de la matritense Montera, en el curso de ese diálogo, para mi sorpresa, hallé, por palabras, razonamientos y otros ademanes de la escritora, que no estaban en verdad sus inquietudes y su cabeza amuebladas de muy distinta manera a como hallábanse dispuestas en el ínclito Hernán Casciari3. A pesar de ello, por todas las agrias maldiciones que vertió contra el argentino a lo largo de nuestro coloquio, tuve que reconocerle a Rosa, contra todo pronóstico, un ingenio y un donaire notables en comparación con los de otros escritores tan castizos y mediopensionistas del Imperio como ella.

Después de discurrir largamente sobre la inmunda naturaleza de los escritos de Hernán Ca(s)ciari y sobre las razones traumáticas de los viajes del gaucho, al fin Montero me expuso claramente los motivos de la vendetta italoargentina y de la guerra que entre ellos se había desatado. «Nosotros no seremos escritores grandes —confesaba la escritora—, pero nadie puede negarnos nuestra tradición y silla en El País ni nuestra campechana cercanía con el consumidor de papel de Prisa. Así las cosas, empecé a inquietarme el día en que Ca(s)ciari, que siempre hacía y deshacía en casa, empezó a dejarse caer por la redacción cada vez más a menudo. Con pinzas en la nariz, le investigué, leí sus malos blogs y previne a mis compañeros de que caminaba entre nosotros la peor de las Gorgonas». En este punto, me desconcertó que Rosa execrara la prosa costumbrista del mercedario ya que, como había comprobado antes de nuestro encuentro, no difería demasiado de la literatura que firmaba ella. Sin embargo, callé y dejé que la madrileña terminara su alegato. «Un funesto día —dijo estremeciéndose todavía—, el argentino allanó la oficina del periódico, algo mamado creo yo y, señalándonos, ladró que “el periodismo y la literatura de los asquerosamente cerebrales como nosotros había muerto y sólo él era el futuro”. Cuando ya muchos amigos lloraban desesperados, me planté delante y le derramé el mate en la cara. “¡Abuela!”, chilló fuera de sí, pero yo ya no tenía miedo y, delante de todos, hice desfilar los fantasmas de su pasado».

Nunca agradeceré bastante a Rosa Montero que, a pesar del escozor de las heridas aún abiertas, y de la natural prudencia que debe esperarse de toda mujer adulta que ha explotado sin embargo por una provocación insensata, cediendo a mis ruegos, me revelase finalmente el contenido de la sentencia con la que aquella tarde desintegró la moral de Ca(s)ciari como nunca nadie había logrado. Montero recordó hasta la última palabra de su discurso: «¿Sabes cuál es la tragedia de tu vida, la maldición de tu linaje? —le dije a ese Cacciari malhadado—. El haber descubierto que la suerte que tú y los tuyos tuvisteis no fue fruto de vuestro ingenio, sino por causa de vuestra torpeza ingénita. Ni siquiera has sabido poner en práctica las martingalas de familia llegado el momento. Si hubieras aprendido algo de lo que aconteció a tu abuelo habrías deslizado un hispanizado Hernando Casares o algo semejante en tus papeles para engañar a la aduana española y pasar por villano castellano. Solamente así hubieras reverdecido en España la suerte, el nombre y el destino de los Cacciari, de nuevo aventurados a este lado del Atlántico, de nuevo, como era de esperar bajo tu mando, en franca e inmunda decadenza».


1 Entre otros indecentes circos ideados por Hernán Casciari para llenarse los bolsillos, amén de su campaña de insulto a los enfermos mentales de la que se ha hablado (refs: 1, 2), destacan el golpe de monárquico lameculismo que perpetró a través de un pseudodiario personal de la princesa Letizia (ref: 1), las risotadas que se echó a propósito de una muerte mediática con el cadáver y la audiencia aún calientes (ref: 1) y la defensa de un argentino cobarde que indignó a media España (ref: 1), maniobras todas ellas de un oportunismo mercantilista no menos repugnante que lucrativo.
2 Se ha conservado el agravio en los archivos de Orsai hasta el presente (ref: 1).
3 Mis averiguaciones me condujeron hasta dos significativos textos de Casciari y Montero. Declaraba el primero: «Cuando aquel día mi vida cambió para siempre yo no estaba estudiando la analítica trascendental de Kant, ni descubriendo en un laboratorio la curación del sida, ni cerrando una gigantesca compra de acciones en la Bolsa de Tokio, sino que simplemente miraba con ojos distraídos la puerta color crema de un vulgar retrete de caballeros situado en el aeropuerto de Barajas» (Montero, Rosa. «La hija del caníbal», Espasa-Calpe). Expelía el segundo: «Cuando vivía en países serios con bidet, yo leía mucho en el baño mientras cagaba. En esos tiempos nunca supe si leía porque me venían ganas de cagar o si cagaba porque me entraban irreprimibles deseos de leer. Posiblemente mi cuerpo, aún en formación, debió aprender a desarrollar ambas urgencias a la vez. El asunto es que yo era feliz cagando y leyendo» (Casciari, Hernán. «España, perdiste», Plaza & Janés). Las piezas, en efecto, revelan la profunda y maloliente sintonía que existe entre estos dos espíritus pedestres.

16 comentarios:

Posadas dijo...

Estupendo relato, en particular el pasaje sobre la traición de Hernán Casciari cuando se quejó de su apellido. Muy bien traído. Una pregunta solamente... ¿Es cierto que su familia era Cacciari antes de convertirse en los Casciari? Qué dramón.

Vitaliano dijo...

Jo, creo que me he emocionado, de verdad.

Eso es una saga y lo demás son mariconadas. Da que pensar toda esta historia de los casciaris... ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Por qué los mediocres llegan tan alto?

Langas dijo...

Alejandrito, sigue así. Has elevado la figura del troll a la categoría de arte.

Droucho dijo...

Posadas, la historia es tan cierta como que Cacciari evacua en el bidet de señoras de una cafetería de Barcelona. Vitaliano ha entendido razonablemente bien los problemas de familia de los Cacciari, el drama de toda existencia miserable. Langas, en cambio, prefiere denominarme troll, lo que no le reprocho bien entendida su intención de aludir a la grande e poderosa figura que últimamente remoja, ablanda y acobarda a Hernán Ca(s)ciari en sus pesadillas, o sea yo.

hernán dijo...

Alejandro, te voy a decir lo que le digo a todos los trolls pesados como moscas cojonudas: Tienes que hacértelo mirar. Conseguite un cerebro, conseguite una Game Boy, conseguite una mina... pero por favor, deja de cagarte en internet que lo estás poniendo todo hecho un asco.

Vitaliano dijo...

¿Significa este "acercamiento" de Hernán el principio del fin de las hostilidades, Droucho? ¿Es que has estado negociando con el terrorista de las palabras?

Anónimo dijo...

Droucho, eres un genio! imitas todo lo que Casciari inventa. El invento una nota de Rosa Montero y tu inventas una nota sobre el. Realmente, eres un genio, siempre un paso adelante de el...

RondeAdor dijo...

Puf... soporífero, en el tercer parrafo no he podido aguantar más y he tenido que meter la cabeza en agua para salir de hibernación. Si te has propuesto batir el record de posts kilométricos y aburridos estás apunto de conseguirlo. Ánimo, no te rindas ahora.

Severino dijo...

Yo tengo una lectura antropológica del fenómeno Hernán Casciari que quizá os interese a vosotros, sus más célebres detractores. Opino que Casciari es uno más de tantos nuevos ídolos de latón en los altares de una sociedad que prostituye su cultura y su conciencia. Es probable que en todas las épocas de la civilización humana el hombre, animal mayoritariamente vulgar por naturaleza, haya santificado los desechos inútiles de la sociedad o del mundo natural por ese deseo inexplicable de trascender y elevarse desde el suelo que resulta inmanente a nuestra especie. En la sociedad de información naciente, la sociedad de Internet, muchos tienen acceso a esta criatura Casciari, probablemente el inútil definitivo, y se sienten naturalmente inclinados a ensalzar las cualidades del sujeto mediocre extraordinario de entre los suyos. Piensa el hombre llano que si esta criatura social inferior puede sobrevivir, puede triunfar, puede ser reverenciada, conquistas de las que se encargarán él y los de su clan, entonces a los individuos superiores les espera un futuro de potencias ilimitadas, lo que es tanto como desafiar el gobierno de Dios o de la naturaleza.

Casciari parece un dios, un privilegiado entre los hombres a la vista de Internet y así, creo, es como vosotros lo venís entendiendo, pero yo os invito a dejar de envidiar a este ídolo y los altares en los que ha sido alojado por sus semejantes. Pensad que a esta res tan querida, vigilada, protegida, favorecida, mimada, consentida, complacida y cebada, de vida cómoda y pelaje resplandenciente, sin embargo, le espera un destino horripilante. Los que fueron sus principales valedores, anfitriones y lacayos, siempre dispuestos a satisfacer su estómago y su sexo, ésos mismos serán quienes le rebanen el cuello. Colgarán a Hernán Casciari, lo desangrarán y vaciarán sus entrañas como parte de ese rito brutal del sacrificio por el que se han sublimado los hombres durante milenios, parlamentando con sus dioses bien en calidad de camaradas o bien en relación de subyugación, pero siempre en torno al fuego y la comida en esa fiesta popular que constituye el asesinato de los peores de su especie.

hernán dijo...

Feliz Navidad... ...troll.

Droucho dijo...

Excelente teoría, Severino. Comparto especialmente tu idea del «altar» social de la mediocridad sobre el que se han plantado paradigmas como el de Hernán Ca(s)ciari. El fenómeno de comunidades que «coronan por un día» a sus desheredados, parias o impedidos sin esperanza alguna de medro para sorna y regocijo del grupo no es nuevo, desde luego, aunque en este punto convendría aclarar que las alabanzas a Hernán no se reducen a un solo día, sino que han sido cantadas por sus adoradores durante mil y una noches. ¿Está siendo cebado? Eso espero, o eso quiero pensar.

No obstante tu sobresaliente teoría, Severino, me reservo la impresión que tengo desde hace bastante tiempo acerca del carácter tiránico del ídolo Casciari: la veneración de sus miserias podría ser una forma de esclavitud (de idiotas) en lugar de esa burla prefuneraria que desearíamos sus detractores.

Queda en cualquier caso apalabrado un futuro artículo para el estudio pormenorizado de la hinchada del gaucho, para el análisis del «adicto a Casciari».

hernán dijo...

Droucho, das más pena que la pinga... Jajajajajaja! Yo al menos gano dinero con mis artículos no como vos que no os comés ni un rosco.

Marcial dijo...

Droucho ¿No vas a publicar el especial de Navidad o de los Santos Inocentes que me comentaste?

Sería una pena sinceramente que Cacciari se quedara sin tu regalito, jajajaja.

Un saludo.

Marcial dijo...

Por cierto, ¿el subnormal que escribió antes que yo es Casciari Casciari o solo es uno que viste y calza sus harapos?

Anónimo dijo...

...ustedes los españoles tienen un humor muy lejano al mordazo humor argentino. Creo que no tienen tampoco la misma práctica de reirse de sí mismos (incluso con cruel ironía) que tenemos en Argentina. He visto con sorpresa cómo muchos dejan comentarios ofendidos por "España, perdiste", sin notar que muchos de los pasajes de ese libro - antes que ofensas a España, suponen auto-críticas a lugares comunes del modo de pensar argentino. Me causa gracia eso. La ironía y el doble-sentido son cosas que los argentinos usamos diariamente sin pensarlo...en España, no. Lo sé porque lo he notado en diálogos con amistades españolas. Nunca entienden mis chistes de doble-sentido. Y creo que por eso Casciari genera mala imagen en algunos. No todos captan su ironía ni sus "personajes". Personalmente, me divierte mucho...

Federico Fernández Reigosa dijo...
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